El amor en tiempos de comunicación efímera
Tomas Bruckmann
(Alumno de Teoría de la Comunicación Social de la Universidad Kennedy)
La cultura de lo efímero
En la época de mis
abuelos, una heladera duraba cincuenta años o más. Hoy por hoy, los fabricantes
cayeron en la cuenta que hacerlas durar cinco o diez años, es un negocio mejor.
Y cuando se rompe… ¿Para qué esperar que la arreglen? Es mejor comprar una nueva,
que además, se obtiene con sistema “no frost” y con un expendedor de bebidas
frías en la puerta.
Hace unos treinta años
atrás, si necesitabas información, tenías que ir a la biblioteca, hablar con el
bibliotecario, buscar el o los libros, encontrar la información en ellos,
sentarte con papel y lapicera a copiar y después tomarte el trabajo de
articular todo lo visto. Ahora hay internet. Basta colocar una o dos palabritas
en un buscador y en segundos, la información está ahí, frente a tus ojos.
Aparecieron los teléfonos
celulares. Sin tapita. Con tapita. Con pantalla en blanco y negro, con pantalla
a color, con pantalla táctil. ¿Te cansaste del viejo? ¡Salió uno nuevo! ¿Se te
rompió? ¡No importa! Te comprás otro.
El amor no es la
excepción. Se ha transformado en una relación de consumo, el otro es visto como
una mercancía que si no funciona como yo esperaba de buenas a primeras debe ser
reemplazado.
Bienvenidos a la cultura
de lo efímero.
El amor como la respuesta
al clisé
Todo o casi todo lo que emprendemos,
lleva a un fin: encontrar la felicidad. Y el amor, no es la excepción.
Freud sostuvo en una de
sus cartas a Wilhelm Fliess lo siguiente “La felicidad es el cumplimiento
diferido de un deseo prehistórico. He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco
felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia.”[1]
Cuando nos enamoramos, no
pretendemos otra cosa que eso: que el otro cumpla con nuestra demanda
particular, con nuestro deseo prehistórico. Colocamos al otro en la piel de
alguien más. De ese alguien que tiene, nada más ni nada menos, que la
responsabilidad de hacernos felices, satisfaciendo una demanda que no le
pertenece. Podríamos decir que ya desde el comienzo, el objeto de amor entra en
nuestra fiesta de disfraces con el traje equivocado. No solo pretendemos ser
amados. También establecemos la manera en la que pretendemos que lo hagan.
Si a lo expuesto, le
sumamos la reciprocidad de la problemática, podemos concluir en que el amor de
pareja no es una empresa fácil.
El rol actual de la mujer
A diferencia de la mujer
de la época victoriana, la mujer de hoy trabaja y estudia tanto como el hombre
siendo en muchos casos, la que termina sosteniendo el hogar.
La cultura sustrae la
libido que necesita para su vida sexual no solo al hombre, sino también a la
mujer.
Por otro lado, la mujer
ya no se conforma con ser un objeto del hombre. Se ha vuelto independiente,
toma sus propias decisiones, y aquellas inherentes a la pareja o a la vida
sexual, no son la excepción. Hoy en día la mujer no dudará en terminar una
relación que no la satisface o en iniciar otra aunque sea ella la que tenga que
dar el primer paso.
Tampoco dudará en
acercarse a un hombre con la única finalidad de tener un encuentro sexual. Ha
dejado de ser objeto para convertirse en sujeto sexual. Esto desorienta al
hombre, que incluso algunas veces, no sabe qué rol asumir.
Conclusión
En la época actual
tenemos a un sujeto que pretende ser feliz y que no encuentra esa felicidad en
la pareja debido a que el otro es ajeno a su demanda de amor. Esto demanda un
arduo trabajo en varios aspectos para preservar una relación. Este sujeto que
tiene que ceder parte de su libido a la cultura, no tiene ni tiempo ni energía
para trabajar en un vínculo de pareja.
Además, lo tenemos
inmerso en la cultura de lo efímero: la calidad ha perdido valor y ha sido
reemplazada por la cantidad. No es raro encontrar personas que ya van por el
tercer o cuarto matrimonio, o que mantienen varios vínculos amorosos al mismo
tiempo en detrimento de asumir un compromiso verdadero.
A este sujeto de la
cultura de lo efímero, los medios venden felicidad que viene en forma de
teléfono celular, de computadora, de automóvil, de programa de televisión, de
la posibilidad de verse más joven o menos viejo y a este ideal de felicidad se le
suma la ventaja de no tener que lidiar con la pérdida del objeto amado cada vez
que esto sucede.
El amor como
construcción, como síntesis entre un trabajo en lo propio, en el otro y en los
aspectos compartidos, como un compromiso a largo plazo, ha perdido sentido.
Por otro lado, la
tecnología ha contribuido a aislarlo de los afectos como un retorno al
autoerotismo, reemplazando y despersonalizando los vínculos afectivos.
Asimismo, la mujer ha
cambiado su rol y obliga al hombre a repensar el suyo. Son muchos los
obstáculos a sortear y las cuestiones a reflexionar y en estos tiempos modernos
en donde todo nos pasa tan rápido, la reflexión y la introspección son
privilegio de unos pocos.
[1] Freud, S., “Carta 82”, en Cartas a Wilhelm Fliess (1887 – 1904), Amorrortu
Editores, 2008, pp. 46-51.