30 noviembre 2014

Trabajo de alumno

El amor en tiempos de comunicación efímera


Tomas Bruckmann
(Alumno de Teoría de la Comunicación Social de la Universidad Kennedy) 

La cultura de lo efímero

En la época de mis abuelos, una heladera duraba cincuenta años o más. Hoy por hoy, los fabricantes cayeron en la cuenta que hacerlas durar cinco o diez años, es un negocio mejor. Y cuando se rompe… ¿Para qué esperar que la arreglen? Es mejor comprar una nueva, que además, se obtiene con sistema “no frost” y con un expendedor de bebidas frías en la puerta.
Hace unos treinta años atrás, si necesitabas información, tenías que ir a la biblioteca, hablar con el bibliotecario, buscar el o los libros, encontrar la información en ellos, sentarte con papel y lapicera a copiar y después tomarte el trabajo de articular todo lo visto. Ahora hay internet. Basta colocar una o dos palabritas en un buscador y en segundos, la información está ahí, frente a tus ojos.
Aparecieron los teléfonos celulares. Sin tapita. Con tapita. Con pantalla en blanco y negro, con pantalla a color, con pantalla táctil. ¿Te cansaste del viejo? ¡Salió uno nuevo! ¿Se te rompió? ¡No importa! Te comprás otro.
El amor no es la excepción. Se ha transformado en una relación de consumo, el otro es visto como una mercancía que si no funciona como yo esperaba de buenas a primeras debe ser reemplazado.
Bienvenidos a la cultura de lo efímero. 


El amor como la respuesta al clisé
Todo o casi todo lo que emprendemos, lleva a un fin: encontrar la felicidad. Y el amor, no es la excepción.
Freud sostuvo en una de sus cartas a Wilhelm Fliess lo siguiente “La felicidad es el cumplimiento diferido de un deseo prehistórico. He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia.”[1]
Cuando nos enamoramos, no pretendemos otra cosa que eso: que el otro cumpla con nuestra demanda particular, con nuestro deseo prehistórico. Colocamos al otro en la piel de alguien más. De ese alguien que tiene, nada más ni nada menos, que la responsabilidad de hacernos felices, satisfaciendo una demanda que no le pertenece. Podríamos decir que ya desde el comienzo, el objeto de amor entra en nuestra fiesta de disfraces con el traje equivocado. No solo pretendemos ser amados. También establecemos la manera en la que pretendemos que lo hagan.
Si a lo expuesto, le sumamos la reciprocidad de la problemática, podemos concluir en que el amor de pareja no es una empresa fácil.

El rol actual de la mujer

A diferencia de la mujer de la época victoriana, la mujer de hoy trabaja y estudia tanto como el hombre siendo en muchos casos, la que termina sosteniendo el hogar.
La cultura sustrae la libido que necesita para su vida sexual no solo al hombre, sino también a la mujer.
Por otro lado, la mujer ya no se conforma con ser un objeto del hombre. Se ha vuelto independiente, toma sus propias decisiones, y aquellas inherentes a la pareja o a la vida sexual, no son la excepción. Hoy en día la mujer no dudará en terminar una relación que no la satisface o en iniciar otra aunque sea ella la que tenga que dar el primer paso.
Tampoco dudará en acercarse a un hombre con la única finalidad de tener un encuentro sexual. Ha dejado de ser objeto para convertirse en sujeto sexual. Esto desorienta al hombre, que incluso algunas veces, no sabe qué rol asumir.

Conclusión

En la época actual tenemos a un sujeto que pretende ser feliz y que no encuentra esa felicidad en la pareja debido a que el otro es ajeno a su demanda de amor. Esto demanda un arduo trabajo en varios aspectos para preservar una relación. Este sujeto que tiene que ceder parte de su libido a la cultura, no tiene ni tiempo ni energía para trabajar en un vínculo de pareja.
Además, lo tenemos inmerso en la cultura de lo efímero: la calidad ha perdido valor y ha sido reemplazada por la cantidad. No es raro encontrar personas que ya van por el tercer o cuarto matrimonio, o que mantienen varios vínculos amorosos al mismo tiempo en detrimento de asumir un compromiso verdadero.
A este sujeto de la cultura de lo efímero, los medios venden felicidad que viene en forma de teléfono celular, de computadora, de automóvil, de programa de televisión, de la posibilidad de verse más joven o menos viejo y a este ideal de felicidad se le suma la ventaja de no tener que lidiar con la pérdida del objeto amado cada vez que esto sucede.
El amor como construcción, como síntesis entre un trabajo en lo propio, en el otro y en los aspectos compartidos, como un compromiso a largo plazo, ha perdido sentido.
Por otro lado, la tecnología ha contribuido a aislarlo de los afectos como un retorno al autoerotismo, reemplazando y despersonalizando los vínculos afectivos.
Asimismo, la mujer ha cambiado su rol y obliga al hombre a repensar el suyo. Son muchos los obstáculos a sortear y las cuestiones a reflexionar y en estos tiempos modernos en donde todo nos pasa tan rápido, la reflexión y la introspección son privilegio de unos pocos.



[1] Freud, S., “Carta 82”, en Cartas a Wilhelm Fliess (1887 – 1904), Amorrortu Editores, 2008, pp. 46-51.